Los muñecos, mejores amigos

¿Es la muñeca el juguete por excelencia de los niños? Sin ninguna duda que sí.

Ciertas expresiones científicas aseveran que las causas de la devoción de los chicos por las muñecas y muñecos hay que encontrarlas en la continuidad  de costumbres y tradiciones que no se cortan con el paso de los años.

La muñeca es la mejor amiga de juegos y aventuras.
La literatura y el arte han entregado a lo largo de los años, infinidad de historias que lo certifican. Una de ellas, la más hermosa y conmovedora, tiene como protagonista, ni más ni menos que al escritor Franz Kafka.

Primavera de 1923, Berlín. Kafka paseaba como era su costumbre por el paradisíaco y mítico Parque Steglitz. De pronto, muy cerca suyo, una niña  lloraba de pie, desconsolada, angustiada; su bonito rostro estaba atravesado por una profunda congoja: había perdido su muñeca.
Desconcertado, el hombre que a sus cuarenta años no estaba casado ni había sido padre, se sintió impotente para calmar semejante tristeza. ¿Por qué el dolor infantil por la pérdida de una muñeca es tan doloroso, se preguntó? ¿Podía ser tan descarnadamente fuerte la relación de una niña con su muñeca?

De pronto, al escritor se le iluminó la mente. Primero logró que la niña le cuente que se llamaba Elsi y su muñeca Brígida. A partir de allí, encontró, como único remedio ante semejante drama, una mentira. Una mentira con la cual quedaría enredado durante días y semanas: Brígida no se había perdido, sino que Brígida se fue de viaje.
Él tenía en su poder una carta de Brígida escrita para Elsi. ¿Pero por qué Kafka tendría en su poder dicha carta? Cómo había ido a parar a sus manos, le preguntaba la niña, que ahora, a toda costa quería leer esas líneas, quería saber, quería enterarse. Kafka redobló la apuesta:
“Mi profesión es cartero de muñecas. Mañana a esta misma hora te traeré la carta”.

Su novia de entonces, Dora Diamant, cuenta que esa noche Franz se encerró a escribir en un estado de tensión muy fuerte, una tensión muy superior a la habitual en su vida de controvertido escritor.
Al día siguiente y durante tres semanas, Kafka le entregó a Elsi, una carta por día. Cartas extensas, cuidadosamente escritas, plagadas de detalles, anécdotas y vivencias.  Brígida le escribía desde Londres, París, Viena, Venecia; y más tarde desde América, Asia y África. En cada carta no se cansaba de decirle cuánto la extrañaba, cuánto la quería, pero cuán difícil se le hacía retornar.

En el corazón del África salvaje, en Tanzania, entre reservas de elefantes, ríos y montañas, Brígida se enamoró del explorador Gustav. Se puso de novia, se comprometió y se casó.

En la carta de despedida, le dice a Elsi que la quiere mucho. “Gracias por darme la vida y la libertad para vivirla. Quiero que seas feliz”.
Junto a la carta, esta vez venía un paquete, un regalo, una muñeca de porcelana, de cabellos rubios, ojos vivos, labios de ensueño y un vestido exquisitamente rojo.

Cuando la niña le dice a Kafka que la muñeca es hermosa y se siente feliz, pero que no es igual a Brígida, el escritor le responde:
– Tú tampoco ya eres igual a la Elsi de antes. Tanto tú como Brígida, han crecido y han cambiado. Así de maravillosa es la vida.